la cuarentena golpea

¿La cuarentena nos golpea psicológicamente? ¿Cuánto, cómo? En un principio hubo mucha gente que se plegó a la nueva situación en modo pandemia. Se cerró, se paró todo, de pronto el palpitar cotidiano entró en un paréntesis existencial, se detuvo la vida. 

La gente no sentía ni percibía mucho su interioridad pues estaban pendientes de cómo iba a transcurrir esta pandemia. ¿Qué es el coronavirus, cómo se comporta, qué riesgos tiene realmente? ¿Nos contagiaremos? ¿Cuándo, quiénes, con qué consecuencias? ¿Será como en Italia o España? El mundo se detuvo como no lo había hecho en siglos. Argentina sólo recordaba una pandemia leve en sus años pasados, pero nada más. cuarentena

Ahora era distinto, había miedo, incertidumbre, necesidad de amparo. Esta necesidad quedó muy patente en el aumento de la aprobación de la gestión del Presidente. El Gobierno se puso el tema al hombro y no le tembló el pulso. Inició una cuarentena férrea y la gente aliviada agradeció este gesto. El presidente tuvo entonces un nivel máximo de imagen, una que nunca más recuperó.  

Ocurre que cuando la gente está en shock, necesita alguien que tome decisiones y que estas las respalde y en las cuales pueda descansar su angustia. Pasó el tiempo, los casos no llegaban, los picos no daban su presente y la gente se fue confiando a que en realidad no era tan complicada la cuestión. Entonces empezó a mirar el bolsillo. Un gesto lógico. cuarentena

Previo a eso, hubo una etapa de cierta paz, no había que salir, no había que luchar contra un tránsito feroz como el argentino. Los asaltos estaban en franco descenso. Mucha gente aprovecho para conectar con cosas olvidadas o dejadas de lado por la rutina y el trabajo duro. Empezó a cocinar, retomo hobbies perdidos en el tiempo. Desafió a los gimnasios cerrados con ejercicios en casa. Miró, para adentro, se conectó más consigo y con los suyos. Muchos empezaron a meditar

Luego empezó la comezón del dinero, la incertidumbre mutó del virus a la economía. Las clases en casa desbordaron a muchos padres, el avance progresivo de una dejadez adolescente inquietó muchos a otros.

Los niños se fueron poniendo más complicados y nerviosos, los adolescentes más displicentes e invertebrados en sus vidas. Lo necesario para ellos es una vida atravesada de colegio, horarios, tareas, actividad física, amigos, amores. Nada de ello había, no había por dónde descargar tanta energía, más que por un furioso uso de las redes y juegos en la computadora. Empezó con ello el tiempo del cansancio y el desgano, la incertidumbre económica y algunos ahorros que empezaban a menguar. 

Luego siguió un agotamiento progresivo, un enojo que sigue tomando fuerza y un desencanto con los que antes eran nuestros padres protectores, que se ve reflejado en mucha ira en las redes y marchas en las calles.

Pasados los primeros meses, casi seis, podemos ir trazando un mapa de las consecuencias de esta medida sanitaria en nuestra población y otras. Es solo una referencia que toma algunos datos estadísticos, algunos de la clínica psicológica y reflexiones de la percepción que tengo como cientista social. cuarenta

Algunos datos

Veamos algunos datos para orientarnos un tanto. ¿Qué pasa con los niños?  En estudio publicado en Anales de pediatría de España, Vol. 93. Núm. 1., se informa que se encontraron que las puntuaciones medias de estrés postraumático fueron 4 veces más altas en los niños que habían sido puestos en cuarentena respecto de los que no fueron confinados. 

Por otro lado, un estudio similar realizado por Di Giocanni et al. en el cuál se observaron a los estudiantes universitarios, no encontró diferencias significativas en términos de un mayor riesgo de síntomas relacionados con estrés postraumático o problemas generales de salud mental entre el grupo de aislados respecto de los que no habían sido confinados. Aclararon que estas diferencias pueden darse debido a que estos tenían dificultades en cumplir con las normas de la cuarentena y más probabilidad de romperla.

Los adolescentes presentaron aumento de ansiedad y depresión de manera definida. Ellos han quedado atrapados entre una necesidad de autonomía que no tiene el niño y una imposibilidad libertad que tiene el joven universitario. 

En la población general se van dando datos. El 40% de ésta, presenta síntomas leves de ansiedad, el 12% moderados y el 4% graves. En cuanto a la depresión, el 29% presenta síntomas leves, el 9% moderados y el 5% graves. Estos son datos bien definidos según el doctor Eduard Vieta, Jefe de Servicio de Psiquiatría y Psicología del Hospital Clínic de Barcelona y podemos pensar que no debe ser muy distinto en el país. 

La figura del Presidente vuelve a los niveles pre pandemia, ya nadie lo vive como el protector, sino como el que restringe la libertad y pone en peligro la economía. Esto significa algo.

La mayoría se cansó, se siente agobiada. Esto no es raro. La falta de contacto social o deprivación social, es causa de sufrimiento y patología mental. Hay más irritabilidad, menos paciencia. Según la secretaría a cargo del tema de violencia familiar de la CABA, el aumento de denuncias ha sido del doble que el año pasado. 

Somos seres sociales, eminentemente sociales. Nuestra historia evolutiva nos ha dado fuertes razones para ser así. Por lo tanto, hay una relación entre supervivencia y sociabilidad, que luego se vuelve bienestar y sociabilidad. Sin ella, sin encuentros, nuestro organismo psicofísico empieza a sufrir. Ese sufrimiento se convierte en agotamiento, alteración intermitente del estado de ánimo e irritabilidad. Los más susceptibles al estrés se enferman mental o físicamente, los más fuertes se sienten agobiados, hastiados. 

Cómo estamos hoy

Antes no quedaba muy claro que estaba pasando ni que iba a pasar. Pasó el tiempo y la evidencia es innegable. Estamos mal, nos sentimos desconcertados y ante la idea de un tiempo igual al pasado o más antes de recibir la vacuna, desalentados. Hay una rebelión civil clara. Lo cierto es que el virus está y su contagiosidad es extrema y eso si bien no es grave pues la patología que produce no lo es en casi toda la población, sí es cierto  que en los que la padecen de modo severo o grave, la necesidad de camas complejas es la diferencia entre vida y muerte, del cálculo de camas disponibles, se van tomando las decisiones. 

Hoy la población parece querer transmitir que, si hay que sobrellevar muertes, pues habrá que hacerlo. Los que tienen responsabilidad gubernamental no quieren pagar el costo de muertos por desatención. Ambas posiciones se van poniendo irreconciliables, incluso ante el aumento de los casos. Esto toca el tema de salud y gobernabilidad, un capítulo para otro artículo.